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  • Andrea Rendón

Nada, por favor

Actualizado: 12 de may de 2020

Fernando, mi esposo, hace unos días me hizo una pregunta recurrente: “Ya viene el día de la madre... ¿Qué quieres de regalo?” Mi respuesta estaba clarísima y era la primera vez que contestaba esto: “Nada, por favor”.

Esa respuesta me daba la serenidad que da la coherencia y el entusiasmo que produce la perspectiva de un nuevo proyecto.


Hay dos pensamientos que me han visitado constantemente en tiempos de cuarentena.

El primero: la importancia de hacer lo mejor para todos considerando que somos parte de un conjunto de seres conectados. El segundo: la necesidad de re diseñar nuestros procesos sociales, especialmente los familiares, laborales y educativos.

Ambos pensamientos además armonizan con eso que desde hace mucho tiempo me mueve: el cuidado del medioambiente y el consumo consciente.


Después de mucho pensar sobre la dualidad de levantar la economía y de volver a lo básico (que supone renunciar o reducir el consumo de ciertas cosas que han sido parte de mi vida) me di cuenta que el problema no está en consumir, el problema es consumir en una especie de automatismo, consumir “porque es tal fecha” “porque así lo esperan” “porque es la costumbre”.

Muchos repetimos el término Nuevo normal, una manera de definir este presente y el futuro post pandemia en el que esperamos volver a acercarnos pero con aprendizajes de la experiencia que estamos viviendo. Entonces vale la pena revisar con qué forma de consumir nos queremos quedar, ¿la que nos conecta con necesidades y gustos reales y no con el exceso? ¿O la que se gestó hace pocas décadas cuando descaradamente surgió el término Obsolescencia programada como una manera de explicar esa planificación en la que se vende un producto para que su vida útil sea corta (a veces simplemente por moda) y el usuario tenga que volver a comprar una y otra vez?


Está clarísimo, en el momento que estamos viviendo en medio de pérdidas de empleo y cuando lo importante se hace más evidente, los estudios de mercado y las redes sociales lo dicen; la gente quiere más que nunca lo básico: salud, seguridad, estabilidad y abrazos. Sobre todo y por todos lados la gente añora abrazos.


Estoy convencida de que hay que reactivar el comercio, de que hay negocios fundados en sueños que hoy quieren levantarse para poder vivir, que hay empleos que dependen de ellos. Precisamente en búsqueda de ese equilibrio tal vez sería más saludable que su existencia dependa de un movimiento sostenido, de una razón de ser que conecte de verdad con la gente y no de una fecha bomba que nos ponga a todos a correr y a comprar.

Incluso muchos negocios se han adaptado a este sentir y me ha parecido fascinante ver cómo algunas ofertas de regalo van desde una canasta de alimentos saludables hasta un entrenamiento físico en línea.


Las respuestas no están para nada en este texto sino en cada uno, en la capacidad de adaptarnos al cambio, de fluir con los tiempos, de conectar con lo importante: la salud, la familia, el bienestar, la naturaleza. Eso de vez en cuando supone un detalle o un regalo (grande o chico). Pero la mayoría de las veces se trata solo de ser y estar.

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